Apuntes para soñarme una autobiografía: Consejos de un padre

Dejar estas cosas en mi blog es lo que me recuerda que en lugar de esos que escriben por fama, o por echar los versos del alma, yo lo hago para mi hij@, el que no tengo aún -ni  tendré de momento- y solo espero que el día que llegue haya vivido lo suficiente para hacerle un cuento distinto cada noche. De momento, le voy dejando migajas de pan en el camino, por si acaso.

En algún momento de los últimos 15 años mi padre me regaló un papel  impreso, y desde ese día estoy tratando de ponerle ponerle un checkmark a cada idea. No me ha ido tan mal.    

Jackson Brown no es un gran pensador, ni un Nóbel de literatura. Es solo un hombre común, un padre preocupado por la felicidad de su hijo que quiso escribir estos consejos cuando este se disponía a ir a estudiar a la universidad, lejos de su casa.

Su hijo decidió fotocopiarlos y los distribuyó entre sus compañeros de estudio. Tuvieron tanto éxito que una editorial le pidió autorización a Brown para editar un libro con ellos. Poco tiempo después, bajo el título “Vivir feliz”, se convirtió en un best seller que lleva decenas de ediciones y millones de ejemplares traducidos a varios idiomas.

  • Observa el amanecer al menos una vez al año.
  • Estrecha la mano con firmeza y mira a la gente a los ojos.
  • Ten un buen equipo de música.
  • Elige un socio igual que eliges un compañero de tenis: busca que sea fuerte en donde tú eres débil y viceversa.
  • Desconfía de los fanfarrones, nadie alardea de lo que le sobra.
  • Recuerda los cumpleaños de la gente que te importa.
  • Evita a las personas negativas; siempre tienen un problema para cada solución.
  • Maneja autos que no sean caros pero date el gusto de tener una buena casa.
  • Nunca existe una buena oportunidad para causar una primera impresión.
  • No hagas comentarios sobre el peso de una persona ni le digas a alguien que está perdiendo el pelo. Ya lo sabe.
  • Recuerda que se logra más de una persona por medio del estimulo que por el reproche (dile al débil que es fuerte y lo verás hacer fuerza)
  • Anímate a presentarte a alguien que te cae bien simplemente con una sonrisa y diciendo: mi nombre es fulano de tal, todavía no nos han presentado…
  • Nunca amenaces si no estás dispuesto a cumplir.
  • Muestra respeto extra por las personas que hacen el trabajo más pesado.
  • Haz lo que sea correcto sin importar lo que otros piensen.
  • Dale la mano a tu hijo cada vez que tengas la oportunidad. Llegará el momento en que ya no te dejará.
  • Aprende a mirar a la gente desde sus sandalias y no desde las tuyas.
  • Ubica tus pretensiones en el marco de tus posibilidades.
  • Recuerda el viejo proverbio: sin deudas, sin peligro.
  • No hay nada más difícil que responder a las preguntas de los necios.
  • Aprende a compartir con los demás y descubre la alegría de ser útil a tu prójimo (el que no vive para servir no sirve para vivir)
  • Concurre a tus compromisos a tiempo.
  • La puntualidad es el respeto al tiempo ajeno.
  • Confía en Dios pero cierra tu auto con llave.
  • Recuerda que el amor y el gran desafío incluyen también al gran riesgo.
  • Nunca confundas riqueza con éxito.
  • No pierdas nunca el sentido del humor y aprende a reírte de tus propios defectos.
  • No esperes que el otro sepa lo que quieres si no se lo dices.
  • Aunque tengas una posición holgada, haz que tus hijos paguen parte de sus estudios.
  • Trata a tus empleados con el mismo respeto que tratas a tus clientes.
  • No olvides que el silencio es a veces la mejor respuesta.
  • No deseches una buena idea porque no te gusta de quien viene.
  • No compres un colchón barato, nos pasamos la tercera parte de nuestra vida encima de él.
  • No confundas confort con felicidad
  • Nunca compres nada eléctrico en una feria artesanal.
  • Escucha el doble de lo que hablas, por eso nos dieron dos oídos y una sola boca.
  • Cuando necesites un consejo profesional pídeselo a los profesionales y no a los amigos.
  • Aprende a distinguir quiénes son tus amigos y quienes tus enemigos.
  • Nunca envidies, la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.
  • Recuerda que la felicidad no es una meta, sino un camino: disfruta mientras lo recorres.
  • Si no quieres sentirte frustrado, no te pongas metas imposibles.

Nafizis, Lianet, Teté (O “La Mujer que yo quiero”)

proclamacion-Plaza-Imagen: EFE

La idea central de la cobertura de Granma del 8 de Marzo de 2015, (“Día Internacional de la Mujer”) fue irónicamente machista: las mujeres cubanas hacen trabajos “de hombres”. Alguna vez, el profesor Mario Masvidal desmontaba en la clase el slogan de Telesur (“Nuestro NORTE es el SUR”) y diciendo algo así como “la intención de negar por las claras al “norte”, lo que hace realmente es reafirmarlo, pues el norte, aún negado, no deja de ser el referente. No me molesta en lo absoluto que existan mujeres ¿bombera?, policías o militares. Lo que sí me revienta es que aún se mantenga la frontera de géneros a la hora de entender los oficios. En otras palabras, cada vez que alguien toma como punto de partida –de forma explícita o no- para decir que un trabajo es propio “de hombres” o “de mujeres” no hace otra cosa que poner otro ladrillo en el muro. Quien “dice” ya “pensó”. (O bien no pensó, cosa que es aún peor.)

Teté Puebla: “la única mujer que ha llegado al grado de general”.  Viene desde La Sierra Maestra, del pelotón “Las Marianas” junto a Vilma, Celia y Haydée. No eran cocineras ni secretarias: vestían el verde olivo y sintieron el culatazo de un rifle y el olor a pólvora. Aún así, Teté es la ÚNICA mujer sobre cuyos hombros se han colocado la estrella y los olivos en 55 años.

La primera razón que se me ocurre para encontrar un sentido es puramente estadística: ¿qué porciento de los militares activos en el Ejército Rebelde en 1959 eran mujeres? ¿Son proporcionales esas cifras con respecto al total de oficiales [de ambos sexos] que llegaron a General? Por supuesto que no, y tanto menos en una institución de naturaleza tan patriarcal como las Fuerzas Armadas de una Cuba inmediatamente posterior a 1959 cuyas leyes se podían cambiar de golpe, no así sus costumbres y tradiciones. La idea más noble puede estar plasmada incluso en la Carta Magna, pero sí su importancia no está en la mente de la ciudadanía, esa ley será papel mojado y solo encontrará evasiones.

¿Hasta qué punto aún mantenemos aceptado que los chicos juegan con pistolas y las chicas con muñecas? En abril de 1999, las Escuelas Militares “Camilo Cienfuegos” otorgaban unas 30 plazas para chicas y 100 para varones.

Recuerdo durante mis dos años de camilito,  el respeto que sentíamos muchachos de 15 años por la 1er Tte. Nafizis Sánchez. Una mulata enorme de parla oriental quien dicen que venía de las tropas paracaidistas.

-¡Firmes! -gritaron desde la puerta. Era agosto del 99 y regresábamos sudorosos de trabajar en los jardines. Y entró Nafízis a un dormitorio de 80 adolescentes semidesnudos.

-¡Compañera 1er Teniente! Permiso para ponerme el pantalón…

-¡NO! “Firmes” quiere decir “firmes”, camilito.

Vista recta, frente alta, ordenes precisas. No sé cuántos sintieron pudor, pero sí estoy seguro que el sentir colectivo fue respeto. Más allá de la jerarquía militar, nunca vi a la 1er Tte. Nafizis siquiera como un ser igual a mí, sino, de hecho superior. Porque más que haber superado a muchos varones, se había superado a sí misma.

-Esta tipa es un hombre -susurró mi compañero de litera.-

No. -pensé- Es una MUJER.

Por la escuela andaba también Lianet, un curso mayor que yo, a quien daban por loca. Quería ser piloto de caza no porque quisiera emularse con los hombres, sino sencillamente porque le gustaban el riesgo y la aventura. (Sí, “caZa” dije, con “Z” avión de combate, dos veces la velocidad del sonido, cuerpo humano resistiendo tirones de 9 gravedades… Eso.) A mí, que en ese entonces compartía su mismo sueño, me hubiera encantado ser su “wingman” (piloto de flanco).

¿Hasta cuándo vamos a asumir como un mito que a ellos “sí” y a ellas “sí …pero no tanto”? El respeto ha de ser de quien lo merezca, de quien practique la virtud más allá de si usa falda o pantalones, el color de su piel o su preferencia sexual. Una oficial de policía irrespetuosa, una tractorista grosera o una militar déspota merecen el mismo descrédito que un oficial de policía irrespetuoso, un tractorista grosero o un militar déspota. La justicia -repito- no empieza por promulgar leyes, sino por creérnoslas. Somos iguales ¿sí o no? Se nos va el tiempo buscándole explicaciones y excusas a un pasado, pero el futuro, el que podemos armar nosotros mismos, empieza ahora.

Basta de inventarnos excusas para mantener la bronca. La cuestión no es quién se impone ante quién, sino de que acabemos de una buena vez de vernos como un equipo donde cada cual respete lo que mejor sabe hacer el otro. Es fácil -cómodo incluso- cuestionar a nuestros mayores poniendo como principios los valores de estos tiempos como si el mundo siempre hubiera sido como hoy. No es mi culpa si Teté es la única generalA en Cuba en el 2015. Pero sí me embargaría la vergüenza –propia, ajena- si en el 2050 las mujeres no vuelan aviones caza, ni les descansan en los hombros el olivo y la estrella a todas las Nafizis que hayan demostrado merecerlo.

[Cómo me ven otros] “Desde la Ciénaga de Zapata: Carlos Ernesto y su Gente de Cocodrilos” 

¿Cómo te enrolas en el proyecto de filmar un documental en Cocodrilos

-Liván Magdaleno se me acercó con el proyecto en el que llevaba semanas trabajando. La idea original fue de Francisco Delgado desde su amistad con el investigador, antropólogo e historiador Adrián Álvarez Chávez. Con Liván había trabajado antes en proyectos menos ambiciosos y ya teníamos nuestra propia dinámica de trabajo en equipo.

-¿Tenías alguna referencia de la Ciénaga de Zapata y en particular del poblado de Cocodrilo?

-No había ido mucho más allá de Caleta Buena. En otro momento sí atravesé la Ciénaga desde Cienfuegos por la carretera de Horquitas. Fue justo después del huracán Dennis y me sobrecogió la devastación. Luego regresé varias veces pero a la zona más turística, pero eso no se vale.

-¿Qué expectativas tenías?

-La aventura. Luego la cosa cambió en la medida que nos fuimos adentrando en la dinámica del pueblo, pero confieso que fui buscando aventuras. Liván ya sabe cómo entusiasmarme.

-¿Qué te pasaba por la cabeza mientras avanzabas por el extenso terraplén?

-La primera vez fue interminable. Mi lado realista se preocupaba por el polvo y los equipos. Mi lado soñador fantaseaba con las historias que me habían hecho hasta el momento: búfalos, tiburones, cocodrilos…

-¿Qué sentiste al llegar a ese lugar tan inhóspito?

-Alivio. Fueron muchas horas de viaje y cualquier lugar donde se detuviera el camión iba a ser bueno. Tengo la suerte de haber visitado tantos sitios diferentes que ya no me asombro tanto como le sucedería a alguien más habituado a la ciudad, pero aun así, confieso que pensaba encontrarme un pueblo más grande.

– Háblame sobre la filmación del documental y la estancia en Cocodrilo.

-Intensa. Cada día era algo nuevo y diferente al anterior. En la medida que fuimos sumando experiencias, la idea que teníamos inicialmente se quedó pequeña. Al final, teníamos lo que mi mentor llama “un problema feliz”: material suficiente para contar la historia de varias maneras, una tentación que chocaba con la voluntad de mantenernos fieles al proyecto inicial. Creo que al final se logró un balance aceptable.

“Tania y Bolo fueron unos anfitriones excelentes y nos trataron como si fuéramos de la familia. En sentido general, todos fueron muy colaborativos y el vínculo se fue haciendo más cordial en la medida que el pueblo fue habituándose a nuestra presencia. En el oficio de documentar la vida de la gente, lo más importante es la empatía.

“El mero hecho de venir de la ciudad cargando cámaras y equipos raros representa ya un distanciamiento, pero uno tiene que evitar que esa brecha se haga aún mayor. Nadie se convierte en cenaguero en quince días, pero al menos puede intentar que el cenaguero deje de mirarlo como a un extraño. Con las personas hay que convivir, hay que conversar, hay que compartir, porque no eres tú el único que asimila al pueblo, sino que el pueblo también te asimila a ti, y de ese acercamiento depende que lo que muestres en el documental sea real o -por el contrario- sea una fabulación de alguien que no comprendió nada de cuanto le sucedió.

-¿Cómo estaba compuesto el equipo de realización? ¿Qué tiempo permanecieron allí?

-Liván Magdaleno fue guionista y director, pero también asumió el sonido. Francisco Delgado, autor de la idea original fue el asistente de dirección. En las cámaras Ussiel Madera y yo. Todos estudiantes o profesores de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA) de la Universidad de las Artes. Nos asesoró Adrián Chávez y Yandry Méndez nos ayudó con los bártulos. En la Habana esperaba para editar Michel Pascual. El tiempo en total que permanecimos fue alrededor de tres semanas en total. Viajamos en febrero, abril y agosto de 2012 para captar la Ciénaga lo mismo en la época de lluvias que en la seca.

¿Cuándo te surge la idea de crear una serie fotográfica? ¿Por qué?

-La idea era simple: complementar desde códigos puramente visuales, la historia que contaba el documental utilizando recursos del audiovisual.

“En aquel año comencé a impartir clases de fotografía, y andaba intentando vincular en todo lo posible mis experiencias personales con la metodología de los manuales. Además, quería demostrarme a mí mismo que había aprendido cuanto iba a comenzar a enseñar y había pensado dos o tres fotorreportajes, hasta que la noche anterior al segundo viaje soñé con las imágenes de la serie. No es broma, de veras soñé con dos o tres de las imágenes y al despertar todo estaba muy claro: retratar a los personajes del documental de cuerpo entero y en gran formato para registrar tanto las expresiones de los rostros como la ropa, el calzado y las herramientas de trabajo. Mantener el mismo fondo era importante para hacer notar que esas personas compartían el mismo espacio, y porque de alguna forma la serie de retratos sería a su vez un retrato de Cocodrilos.

“Una de las virtudes que más valoro es la coherencia y lo que tenía en mi mente era algo completamente íntegro donde nada faltaba ni sobraba. El próximo paso era mostrar a los protagonistas de la forma más natural posible y eso solo lo podía logar a través de la empatía. Por esa razón no me apresuré, sino que, por el contrario, preferí dedicarle tiempo a conversar con cada uno de ellos para que me sintieran lo menos posible como un extraño. Solo les planteé la idea la última semana de la filmación, en nuestro tercer y último viaje.

– La presentaste en la Bienal de la Habana hace algún tiempo, uno de los eventos artísticos más importante de Cuba. Háblame de la acogida.

-La Bienal es un espacio abierto a todas las manifestaciones de las artes plásticas donde la serie tuvo la oportunidad de convivir modestamente con las obras de muchos de nuestros mejores creadores. “Gente de Cocodrilos” tiene más de símbolo que de concepto, y gracias a su lectura sencilla se identificaron con la serie muchas personas. También sucede que escuchar las impresiones del público es donde finalmente te enteras qué es lo que la gente comprende de lo que estás queriendo decir. Te pueden sorprender muchísimo las interpretaciones que le dan otros a tu trabajo, cosas que jamás se te hubieran ocurrido, pero que no carecen en lo absoluto de sentido.

-Recientemente la presentaste también en la Fábrica del Arte, háblame de esta nueva exposición de Gente de Cocodrilo.

-La posibilidad de exhibir en la Fábrica de Arte (FAC) fue una sorpresa incluso para mí, pues me telefonearon un día antes. Aun así todo ocurrió con una rapidez pasmosa, y al final de la tarde del día siguiente ya todo estaba listo. FAC es un sitio excelente para los creadores emergentes, pues ahí coinciden grandes cantidades de personas de todo tipo, lo cual garantiza una visibilidad enorme.

– Qué repercusión tuvo esa muestra fotográfica en tu carrera como fotógrafo.

Fue la pérdida de una inocencia que había mantenido a ultranza hasta ese día. Mi meta era mostrar mi obra y nada más. Luego descubres que más allá de ese “nada más”… hay “algo más” –mucho, de hecho- para cuyas preguntas descubres que no tienes nunca la respuesta correcta. Pero bueno, uno siempre se crece ante las dificultades, pregunta y aprende.

de la serie “Gente de Cocodrilos”

-Has visitado muchos lugares de Cuba y el mundo, ¿qué representó en tu vida llegarte hasta ese apartado lugar cenaguero y conocer a su gente y sus costumbres?

-Uno puede viajar el mundo de dos maneras: enfatizando las diferencias o intentando encontrar las semejanzas. En mi caso me inclino por la segunda, y me resulta muy gratificante descubrir que esta humanidad tan diversa resulta que es más semejante de lo que crees, en tanto todos nos emocionamos más o menos por las mismas razones, y nos preocupamos por igual por el porvenir de nuestros hijos. Desde ese punto de vista, Cocodrilos me dice a veces más sobre la raza humana que una ciudad de millones de habitantes que viven como robots.

-¿Volverás a Cocodrilo?

-¡Por supuesto! Es un compromiso moral. Tanto más cuando la gente de Cocodrilos aún no ha visto “Gente de Cocodrilos”.

-Háblame ahora de tus nuevos proyectos.

-Tomando como punto de partida lo que planteé hace un momento, mi proyecto actual se llama “Lugares Comunes” y se trata de una serie de fotografías visualmente similares entre Cuba y los Estados Unidos que tiene como protagonistas a la gente común tanto de aquí como de allá haciendo lo mismo: una madre protegiendo a su bebé, una partida de ajedrez en plena calle, una llamada de teléfono que suena entre el gentío, un viaje en tren de vuelta a casa. Vidas cotidianas de personas comunes, imágenes que nos descubren cuanto de humano tenemos a pesar de las diferencias de cultura o de idioma.

http://www.giron.cu/es/noticia/cultura/desde-la-ci%C3%A9naga-de-zapata-carlos-ernesto-y-su-gente-de-cocodrilo

Exposed in the Light:”Martí Yaciente”

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​La presente imagen tiene detrás una historia  al más puro estilo de lo real maravilloso: fue tomada en la tercera ocasión que pasé por ese lugar.  

La primera menosprecié la señal en la carretera y ni siquiera presté atención.  

La segunda, apenas semanas más tarde, descubrí para mi asombro que la montaña no era una invención sugestiva, sino que realmente desde esa perspectiva mostraba un perfil humano que recordaba al del Maestro. 

Mas lo realmente increíble es que en medio de mi sorpresa lo primero que veo al apartar la vista de la montaña es a un anciano en el asiento contiguo, físicamente similar al Apóstol con la única salvedad de tener los cabellos rojos. No se quien miró primero a quien, pero aun recuerdo los ojos de aquel hombre mirándome fijo mientras yo petrificado, ni siquiera atiné a pronunciar palabra. El señor se bajo en la próxima parada cargando un jolongo con enseres de trabajo.  Esa misma noche, ya en casa, mi viejo me obsequió, a nombre de toda la familia, mi primera cámara: una nikon D70 de segunda mano, regalo de graduación de la universidad. Si tan solo la hubiera tenido 24 horas antes… 

La imagen corresponde a la tercera vez que pasé por esa carretera, desde algún punto entre Viñales y Pons, cerca – creo- de la entrada a la Gran Caverna de Santo Tomás. 

Quien no estaba era el anciano

Palabras de inauguración de la exhibición “Hombres de Cocodrilos” en la Fábrica de Arte Cubano

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Buenas tardes:

Agradecer, de antemano a Fábrica de Arte por la invitación, especialmente a Adelina, y a Iro, y al equipo de diseño que montó la exhibición con una celeridad pasmosa. A Liván, Francisco, Michel, Ussiel, equipo del documental “Hombres de Cocodrilos” que complementa la presente serie. A mis Maestros, Livio Delgado y Bill Gentile; el primero me enseñó a disparar por debajo de la línea de la mirada del sujeto para dignificarlo; del segundo aprendí el poder del Retrato Ambiental. (La serie es sencillamente la yuxtaposición de ambos recursos.) A Ariana Landaburo, Alan Morgado, Jorge Herrero, y Mario Leclere, cuyas inestimables contribuciones le dieron forma a la idea primigenia. A Orlando Untoria y “T.Reparo”, porque mis herramientas de trabajo siempre están listas, y por tomarme más en serio de lo que me tomo yo mismo. A “Progreso Semanal”, revista digital con la cual concordaba incluso antes de conocer que existía. A mis padres, por su apoyo de siempre; a mi hermana Grettel, con quien por fin comparto una inauguración. A Rachel, mi amiga, mi compañera, mi Sol; la que aún se arriesga cada noche a amanecer conmigo cada mañana.

La Gente de Cocodrilos no son campesinos: son cenagueros; que ni es lo mismo, ni es igual.

Cocodrilos está a 250 Km de nosotros, y a años luz de las necesidades que nos impone nuestra vida citadina. Necesidades que parecen caprichos cuando uno experimenta durante unas pocas jornadas una realidad donde otros transcurren vidas enteras.

En la ciénaga las cosas funcionan diferente. Adentrarse en ella es como encarnar al personaje de “Los Pasos Perdidos” quien, mientras navega río arriba, remonta en sentido inverso la historia de la civilización humana. La lógica es distinta, el reloj da la hora, pero no marca el tiempo, la metodología de gabinete se queda sin argumentos para explicar la complejidad del acontecer. Uno solo comienza a tener una conciencia vaga, cuando se ha internado en la ciénaga a capturar búfalos con Tito o a pescar con Tania; cuando ha visto un tiburón enorme bajo el bote de Julito; cuando Roberto Dita introduce el brazo en el agua fangosa y saca una jicotea; cuando se intenta caminar descalzo sobre el arrecife como Rigoberto Campos; cuando se acerca José Carlos a toda carrera porque al fin tiene con quien jugar, o cuando Ramiro habla de una serpiente de un kilómetro de largo de una forma tan convincente que uno se sorprende pensando “eso es mentira, pero es verdad”. Bolo no se muda para Playa Girón por mucha casa de placa que le den. Allá le sirven de poco sus muchas habilidades para la supervivencia. “No siempre lo más moderno es lo mejor”, dice después de haber retirado la teja del techo del bohío y cobijarlo nuevamente con guano para hacerlo más fresco. Dice Bolo que la Habana está en el fin del mundo, y es ahí cuando uno debe tragarse su propia arrogancia al no haberse percatado de que lo que entiende por “el fin de mundo”… es el principio del mundo para otros.

Si algo que enseñan los viajes, más allá del sitio a donde sean, es que los lugares no son solo el paisaje, sino la gente. Sobre todo, la gente. Siendo así, bienvenidos pues, a Cocodrilos.

invita

No hay lealtad más sagrada que la lealtad a uno mismo

Cursaba el tercer o cuarto año de universidad en el Instituto Superior de Arte, y aquel examen, más que a comprobación de conocimientos olía a zancadilla ideológica. Más extraño aún parecía que la respuesta correcta no fuera una vez más rezar el credo repetido desde la escuela primaria, sino contrariamente suscribir una apología al artista contestatario amordazado y maniatado por la censura oficial. Mi planteamiento no fue entonces asumir una postura en relación a ese caso, sino revindicar otro que me parecía aún más lamentable: el creador cuya sensibilidad se conecta con el fin del proyecto social en curso, pero aún así no deja de ser ante todo vocero de sus propias ideas. Si bien el disidente, por vapuleado que sea, siempre va a encontrar abrigo en la oposición, el entusiasta, cuyos principios no le dejarán mentir un eventual desacuerdo con la oficialidad, corre el riesgo de ser incomprendido y acabar condenado al ostracismo por tirios y troyanos. Recuerdo haber nombrado a Mayakovski. Mi calificación fue de 3 puntos.

Yo soy un moro judío que vive con los cristianos, canta Jorge Drexler, y para quien lleve apuro es la síntesis de las presentes líneas. Soy nieto del general intransigente y no reniego de ello; pero tampoco olvido que mi otro abuelo fue agredido en 1980 por cubanos enardecidos que se reencontraron más tarde en Miami, mientras Alla  jamás abandonó la isla. Soy el hippie de la escuela militar y el soldadito de plomo de la academia de arte. Soy el “Tríptico” de Silvio y el “Oxígeno” de Willy Chirino. Soy Nuevo Vedado y el Cerro, y Guanabo, y Kohly. …y Boyeros, Cárdenas, Güines, El Vedado, Buenavista… Mi pasión por viajar unida a más de una década como profesional de la imagen me han permitido recorrer mi isla y conversar con toda gente. En lugar de exacerbar un desencanto, mis viajes me han enseñado a amar más a mi país y creer en su luz, aún a sabiendas de sus sombras. No puedo evitar entonces sentir que en mí confluyen muchas Cubas hechas de vidas que no han experimentado de igual forma las mismas circunstancias. Movido por la vocación de buscar la virtud en el balance, dondequiera que me toca pernoctar intento comprender las cosas en su complejidad antes de juzgarlas con criterios reduccionistas. En términos generales sostengo que uno debe someter las ideologías al tamiz de la experiencia evitando reducir la realidad a fórmulas preconcebidas.

Alérgico por igual (mucho) al autoritarismo, al oportunismo y al sofisma; y de acuerdo con que exista el desacuerdo –aunque no lo comparta-, respeto el criterio de cada quien, siempre que traiga voluntad de diálogo, argumentos sólidos, discurso coherente y más hormigón que dinamita. No somos siempre nosotros el bueno, no tienen los otros la culpa de todo dice Joaquín Sabina, y esa búsqueda de la claridad me ha llevado lo mismo a confrontar durante días con un liberal de mente abierta, como a estallar en minutos frente a un presunto cofrade con vocación de guardián de la fe. Tiempo ha pasado desde reemplacé en mi vocabulario la palabra “verdad” por “objetividad”, pues creerse dueño de la verdad absoluta es el primer argumento con que justifica sus acciones el fanático que hoy censura, mañana convoca a la violencia y la semana entrante se siente con el derecho de apagar una vida cuando su verdad ya no sea tan convincente ni las palabras le alcancen para hacer prevalecer su razón.

En mi caso, en lugar de ponerles flores y velas, bajé del altar los mandamientos que me inculcaron desde niño para lanzarlos al viento –no siempre a favor- del devenir. Durante años los he obligado a padecer hambre, sed y privado de lujos a conciencia; les he servido alimentos fermentados, comida chatarra y platos pasados de condimento; embriagado con refinados añejos y aguardientes baratos; abandonado en la noche a la intemperie; congelado y calentado luego al rojo vivo. Conmigo van los que me permanecen hechos ya convicciones, deformes como para encajar en ningún molde, pero duros y pulidos como piedras de río. Son pocos, pero son, y de ellos estoy hecho. No tengo nada más mío.

Me sobrevive el nacionalismo progresista heredado de mi padre -más a través de actos que de sermones-, recibidos como recibe hijo del empresario las leyes del mercado o el retoño del devoto los fundamentos de su fe. Pero no por bien aprendidos menos cuestionados, para adecuarlos a una manera propia de comprender mi tiempo. Con una vida armada por piezas tan diversas, no desestime ninguna quien pretenda juzgar mi ausencia al “mitin de repudio”: mi alma es de mi propiedad privada, mi manera de pensar es independiente, mi forma de actuar siempre ha sido alternativa.

Aún siendo así, si bien no comulgo con el discurso oficialista, tampoco los objetivos del proyecto social me son del todo ajenos. Coincido a veces, otras discrepo; acierto y me equivoco, soy Yo. Me pronuncio desde mis entrañas intentando mantenerme a tono con el compa Carlos Fonseca Amador cuando sostenía que los amigos verdaderos critican de frente y elogian por la espalda. Para quien dice lo que cree y cree en lo que dice, plegarse ante cualquier autoritarismo conlleva angustia y pesadilla. No hay comunión más importante que la de un hombre consigo. No hay tribunal más severo que el de la propia conciencia. No hay lealtad más sagrada que la lealtad a uno mismo.

Apuntes para soñar[me] una autobiografía. “Milonga del moro judío” de Jorge Drexler.

Por cada muro un lamento
en Jerusalén la dorada
y mil vidas malgastadas
por cada mandamiento.
Yo soy polvo de tu viento
y aunque sangro de tu herida,
y cada piedra querida
guarda mi amor más profundo,
no hay una piedra en el mundo
que valga lo que una vida.

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé que Dios es el mío
ni cuales son mis hermanos.

No hay muerto que no me duela,
no hay un bando ganador,
no hay nada más que dolor
y otra vida que se vuela.
La guerra es muy mala escuela
no importa el disfraz que viste,
perdonen que no me aliste
bajo ninguna bandera,
vale más cualquier quimera
que un trozo de tela triste.

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé que Dios es el mío
ni cuales son mis hermanos.

Y a nadie le di permiso
para matar en mi nombre,
un hombre no es más que un hombre
y si hay Dios, así lo quiso.
El mismo suelo que piso
seguirá, yo me habré ido;
rumbo también del olvido
no hay doctrina que no vaya,
y no hay pueblo que no se haya
creído el pueblo elegido.

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé que Dios es el mío
ni cuales son mis hermanos.

 

https://youtu.be/0w2rakGN_N0?list=RD0w2rakGN_N0